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articulos:porque_leer

¿POR QUÉ LEER?

Si empezaste a leer esto, pero estás indeciso sobre continuar, o no, quizás se deba a que no sabes la extensión del texto. No tienes que molestarte en averiguar cuantas páginas son: son dos. Dos páginas con apenas mil palabras. Dos páginas de confesiones, desahogos, propósitos e incitaciones. Así que estás a tiempo, justo aquí, de abandonar esta insustancial lectura e irte a solazar en el venturoso universo de tu pantalla ultra high definition o de seguir contemplando, sin más, el “Apocalypse Now” al cual todos estamos invitados.

Ahora… decide.

¿POR QUÉ LEER?

En las últimas semanas, además de haber descubierto que la pandemia ha exhibido mis más vergonzosos miedos y a su vez mi más desconocido temple, he curioseado, con más insistencia que en otros momentos, sobre ciertas dudas que me han abrumado durante varios años —baladís, en su mayoría—: ¿Podría subsistir con un kilo de tortillas y uno de frijoles durante una semana? ¿A caso soy capaz de trabajar desde casa sin alcoholizarme todos los días? ¿Podría vivir con nada más que un pantalón y unos zapatos? ¿Qué pasaría si se dañaran, y no hubiera manera de volver a conseguir, mis CDs originales de Joaquín Sabina, el DVD de The Wall (Live in Berlin), de Roger Waters, mis películas de Pier Paolo Pasolini o se destruyera la obra completa de Rubem Fonseca, que receloso atesoro en mi librero? Y, con mucha fortuna, me he tropezado con las respuestas que más satisfacen a mi desorientado espíritu: con medio kilo de tortillas y medio de frijoles (quizás debería incluir un bistec y un poco de salsa picante, aunque eso ya se aparta de la mera supervivencia) puedo pasar una semana sin apenas un poco de hambre; soy capaz de trabajar en casa sin llegar ebrio al final de la jornada (al menos no a diario); mi librero y yo podemos vivir prácticamente desnudos (no tengo ningún problema en deshacerme de toda la literatura impresa que escrupulosamente tengo acomodada en mi librero y leer en algún dispositivo electrónico cualquier obra literaria, ni tampoco tengo algún tipo de pretensión estética, de moda o de marca en usar, o no, la prenda que sea: cubriendo las más básicas necesidades de vestimenta estoy bien) y, además, me ha quedado claro que el Spotify y demás plataformas digitales superan con creces mis poco exigentes necesidades de música y cine. Ya después de haber resuelto esas interrogantes he tenido más momentos para leer y me he dado cuenta que mi gusto por la lectura ha crecido, al grado de pensar que si no tuviera algo para leer (novelas, cuentos, poemas, ensayos y artículos científicos) estaría a un paso de perderme en el umbrío laberinto de la locura. Después de que hube asimilado lo anterior destiné otras tantas horas pensando en que los motivos que nos impulsan a escuchar música, ver películas, pero sobre todo a leer, son muy diversos y se me han ocurrido algunos —de hecho algunos de ellos se le ocurrieron a alguien más—, por ejemplo: que leemos para tener, o al menos intentarlo, personalidad propia o emitir opiniones “propias”; como una manera de abrevar conocimientos; para entender el pensamiento que ha moldeado nuestro entorno; para vivir otras aventuras; para conocer más palabras; para evitar caer en la tentación de creer que un político ladrón no es tan malo si solamente roba parte del erario, y no todo; debido a una aflicción o algún vacío de amistad; para paliar la soledad o simplemente por placer.

Cuando leo poesía, sobre todo, cierta dosis de entusiasmo se adueña de mis sentidos y me dan ganas de ser más sincero, menos arrogante, menos egoísta, más altruista: mejor en todas las acepciones —aunque debo confesar que un sentimiento de no haberlo logrado me embarga con frecuencia—, y es en ese momento que creo que en la literatura, y en el arte en general, se pueden desvelar las más elevadas formas del bien, por ende este podría ser uno de los caminos para ser mejores y esto sí que podría ser un excelente argumento por el cual debemos leer. Asimismo, parece evidente que la esperanza confiere más vigor que el pesimismo, pero yo, hasta ahora, no he sabido que hacer con esa pujanza y, por muy contradictorio que parezca, pienso que eso no supone ningún provecho, porque si lo que se busca es incidir directamente sobre la vida de los demás (vecinos o de la colonia donde habitamos) por el sencillo hecho de haber leído completo a Shakespeare, Cervantes, Whitman o, incluso, Bradbury, se estará muy lejos de la realidad, más sin embargo no por eso dejaré de exhortarlos a que lean —quizás, al menos, cuando la tentación de cometer cualquier fechoría sea considerable podamos recordar algunas de las palabras de Whitman que consigan menguar un poco nuestra malignidad: “And that all the men ever born are also my brothers, and the women my sisters and lovers, / And that a kelson of the creation is love”—. Por otro lado, también se sabe de ciertos beneficios (por el momento me gusta pensar que esta actividad no conlleva perjuicio alguno) que la actividad lectora puede aportar a nuestras vidas —avalados por estudios serios de universidades reconocidas—, como el hecho de que leer le proporciona mejores capacidades a nuestra memoria y retarda el decaimiento propio del envejecimiento; además de considerarse una de las actividades más relajantes que tenemos a nuestro alcance (más que escuchar música, tomar un café o caminar).

Para mí es incuestionable que a la aventura de leer uno debe lanzarse en solitario y que nunca debería considerarse como una exigencia educativa, ya que esto último podría originar más perjuicios que beneficios, debido a esto considero que el goce de la lectura resulta ser uno de los placeres más egoístas, pero, insisto, no por eso capitularé en mi cometido: leamos. Y leamos con seriedad, meditemos lo leído, pero no para creer o contradecir algo o a alguien, ni para tener algo sobre que platicar, ni siquiera para potenciar la memoria, sino para conocer, ser partícipes y protagonistas del universo que nos circunda y que es, sin duda, maravilloso. Abrazos y… leamos.

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